miércoles, 13 de mayo de 2009

LA PARADOJA DE LA SOCIEDAD BURGUESA DEL SIGLO XVII

La denominada “gran depresión” empieza a partir de la segunda mitad del siglo XIX en los países más desarrollados de la Europa occidental y durante este periodo de tiempo las normas de vida y las pautas de conducta social hasta entonces existentes dejan de ser reconocidas como validas.

La timorata clase media europea vivió el final de siglo con el miedo a la tuberculosis, la sífilis, la propagación del alcoholismo y una insurrección que provocaría el colapso de todas las seguridades que se habían conseguidos en épocas anteriores.

En este periodo las actitudes acerca de la sexualidad serán sometida a un proceso de cambio. Es precisamente a partir de esta segunda mitad del siglo cuando aparecen los movimientos feministas organizados. Un efecto de este aumento en la vida publica de las mujeres replanteó la verdadera naturaleza del sexo femenino. Por muchos hombres ver las mujeres fuera de su papel maternal y conyugal se tradujo en ansiedad y miedo. Fuera de su papel “clasicos” las mujeres eran consideradas seres usurpatores, amenazantes que ponían en peligro la estabilidad y continuidad de las instituciones y los derechos y privilegios establecidos.

Por otro lado ad alimentar este miedo fue el fenómeno del aumento de la prostitución en las grande ciudades. Las fronteras donde estaban confinadas las prostitutas se vieron ampliadas rápidamente llegando cada vez más al centro de la vida social.

Este fenómeno dio a ver lo que era la doble moral de aquella sociedad media burguesa que alimentó la creación de dos estereotipos básicos de representación de mujer. La mujer artificial (amante-estéril), en oposición de la mujer natural (madre-esposa).

El fenómeno sexofobico se desarrolla en el cristianismo que, a diferencia de la época precedente greco romana, manifiesta su rechazo de cualquier manifestación y expansión erótica. Desde un principio, en el seno de la Iglesia cristiana, y bajo la enseñanza patrística, se afirmó el concepto de que el sexo era el Pecado por antonomasia. Pero, no sólo la unión sexual era prohibida y severamente castigada, el beso y el mero deseo eran, sancionados con graves penitencias.
En esta atmósfera de fobia oscurantista incluso el matrimonio fue considerado da los padres de la Iglesia como un “mal menor”. San Jerónimo afirma: «El matrimonio es un pecado; todo lo que se puede hacer es excusarlo y santificarlo» .

Así que esta insistencia en la maldad intrínseca del goce sexual, este desprecio por la carne, necesitó de la figura de un «culpable», de ser proclive al pecado, se nececitaba de «otro», y por lógica de estas filosofías iba a ser otra la mujer.

En el siglo XVII empieza a surgir otro tipo de discurso que competería con el de los cléricos que será fatídico, ya que aparece bajo el prestigio de los científicos con su discurso médico que irá tomando más importancia, hasta consolidarse como el único e incontestable juicio sobre todo lo que concierne sexo y mujer.

Con el matrimonio se reinfatizaba el tabú sexual, así que un nuevo período de vigorosa sexofobia aparecía en la historia: «el deseo carnal era algo que una mujer y un hombre de buena familia y educación no debían sentir» .

Es verdad también que el sexo masculino tenía clara conciencia de que un contrato matrimonial excluía de sus cláusulas todo placer, asíque la misión de una esposa era de dar a la luz e educar a los hijos. De otra forma la misión de una amante era hacer gozar. En muchos casos muchos hombres arrinconaron su culpa e hizieron uso del ejército de prostitutas que había en aquella época (sólo en Londres alcanzó la cifra de 120.000 . Entonces está claro que al hombre le eran permitidas estas actividades si las practicabas con mujeres que no partenecían a su clase social. Todo esto no tiene nada que ver con el alcanzar algún grado de libertad en la básica disciplina que gobernaba las relaciones entre sexos.

Por absurdo o por una ironía paradójica, en aquella sociedad de clase del la secunda mitad del siglo XVII, fue precisamente el sexo, por vía de la prostitución – desde la calle hasta la cortesana de los salones – el único nexo de unión entre los estrictos comportamientos de la clase sociales alta y baja.
Balzac dijo a respecto: «El vicio establece una perpetua soldadura entre el rico y el pobre» .

Por otro lado el aumento del número de hijos ilegítimos entre este proletariado fue visto por la sociedad bien pensante como una amenaza social ya que imponía a la comunidad cargas demasiado pesada y que preparaba el terreno para el desarrollo del llamado “ejército del crimen”, confundiendo clase trabajadora con clase peligrosa. Es verdad que muchas de las mujeres de este “ejército” servía de desfogue sexual a la clase dominante.

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